Un día cualquiera

La cama me repele y esa incomodidad me saca como rayo de un plácido mundo onírico, abro los ojos a la expectativa de un mundo mejor que el del sueño, nada nuevo, mismo techo, mismo dolor de espalda, mismo sopor y el despertador del celular no suena; me alarmo y lo llevo a la mesa donde dejé la noche anterior olvidado el cargador esperando que con un poco de carga en la batería vuelva a funcionar, lo conecto apenas consciente de mis actos, controlo apenas el temblor de mi cuerpo que se tambalea dudoso a cada paso, esta vida de ratón de computadora me va quitando de a poco la luz de los ojos entregándome a los pasos inseguros de un panorama borroso muy bien enmarcado en estos párpados fatigados.
El calentador está listo, con todo mi pesar busco placer y consuelo en la ducha sin gran éxito, parece que mi cuerpo no funciona tan “a mi gusto” como cuando más joven, quizás la testosterona se ahoga en el mar de responsabilidades nuevas que revolotean como avispas picando dentro de mi cabeza a la menor provocación. Sin darme cuenta en poco tiempo ya estoy camino al trabajo, voy en el tren inmerso en la música sin advertir a la señora que sube tocando su harmónica a los vagones del metro con un trapo en la cabeza y un colorido bastón verde, casi no percibo el olor esa loción de imitación que el tipo junto a mí ostenta, con esa cara de autosuficiencia y su pedante teléfono de pantalla grande que de seguro se endrogó por un par de años para poder pagar. Balderas con su inconfundible aroma a orines parece reírse de mis embotados sentidos mientras me da la bienvenida a la primer mitad del camino al trabajo. Insurgentes, la “catedral de la diversidad” como le he bautizado con sus inconfundibles miradas que parecen preguntar un invitante y tácito ¿hola?.

Minutos después mi misma silla cómoda, trabajo con la cabeza dolorida por los piquetes de mis broncas hasta que llega la hora de reunirse a rumiar cual ganado, salir, buscar comida con ganas de perderme entre la gente o mejor aún con el deseo de verme suficientemente diferente a ellos, pensando que soy más, o al menos no lo mismo. Hombres y mujeres de personalidad gris que mastican al unísono frente a los carritos de garnachas al rítmo del reloj que parece sentir ansias de marcar las 4:00 para rebotar a todos de vuelta a sus necesarias jaulas de oropel. Trabajo, familia, amigos, trabajo y la hora de salir. Esperando encontrar consuelo en las calles, que cansadas, se tienden entre las sombras a mi paso. Camino con celeridad, arte, familia, amigos, trabajo, rutina vienen todos galopando a mi encuentro entre nubes de aire enrarecido por las emisiones esos autos compactos que se agolpan hacia Chapultepec por esa calle que, a un año y medio, no logro recordar su nombre, ha de ser por qué es la única que entiende mi silencio por tanto quiero reservarme su identidad.

Noche, miedo, dudas, la “angustia del deseo del nuevo día” como diría Poe; todo se conjunta para enfriar mi pecho en tono de presagio, el metro ruidoso, los chicos tomados de la mano, las señoras ligando chavitos, los ancianos de ojos profundos que miran sin entender y yo abordamos el vagón. Salen dos, entran 8, salen 6 entran un par de compadres con ojeras negras, caras rojas, voces estúpidas y hablar torpe, Balderas y sus orines; trato de abstraerme en música que recuerda mis años más felices de universidad, evocando mis ropas oscuras me encuentro camino a casa, nada pasa, nada me perturba, ni la niña que vende la “golosina de chicos y grandes” o el señor que ofrece “el disco en formato original” con éxitos de algún pelmazo cantor de antaño, ni la señora que me ve la entrepierna o el niño que me dice “señor, ¿me da permiso?”, las puertas se abren, el metro se queda atrás, me asomo a buscar el taco de ojo de suéter café  en el 7 eleven, nada, camino presuroso como de costumbre, ignorando a la gordita de cabello rojo que siempre me topo a la que al parecer le gusto y no deja de buscar mis ojos, camino, compro leche.

Entro al depa, me alegran mi panda el momento, me baño buscando placer, consuelo. Un tío muere, sin inmutarme le marco a mi mamá para consolarle, no siento nada, aún cuando amaba a mi tío, nada se mueve más que mi panal en la cabeza. Cenamos, hablamos, no puedo descargar mi episodio de la serie que he esperado desde hace una semana, la cabeza duele, a él el corazón. Abro la lap acongojado, mis deseos parecen haberse apagado al menos por hoy, algo dentro se tomó unas vacaciones y decidió dejar libre al enjambre para mantenerme ocupado en lo que regresa, podría llamarle egoísta, sin embargo no le culpo, el día de hoy hasta yo me tomaría unas vacaciones de mí miso, así en casual, como un día cualquiera.

28 de marzo 2013
El Serch

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s