Viaje en moto

Una vida llena de muerte, un vehículo, el viento en el rostro que parece desgastar la faz creada por las expectativas ajenas y ningún destino, el color ocre del horizonte quemando los ojos que ansían frescura, los labios secos y un corazón que parece ser la última reminiscencia de cordura en mi cuerpo.

Los autos pasan, les veo, me ven, nada importa. La botella con licor colgando en el maletero está casi vacía, no me preocupa, hasta donde llegue habrá sido mi destino, lo demás es sólo especulación. Las horas pasan y las botas son fundidas a los pies por el calor que, incesante, cae a plomo en medio de estas solitarias arenas calientes, parecen ser el crisol de mi alma; el tali comienza a cortar la respiración mientras se pega más al pecho, el sudor va siendo cada vez menos agua y más arena, todo pesa, todo me hace ir más rápido en la pendiente, todo se queda atrás.

La chaqueta impide que mi piel se despedace mientras la velocidad aumenta, vienen a mi encuentro los recuerdos de mi madre, de los días felices donde una cabellera abundante adornaba mi cabeza, donde tenía esos ojos llenos de ilusión siempre lubricados de maravillas cotidianas, la boca con saliva fresca, las manos suaves y todo aquello que se ha ido con la melodía que tocan estas manos gastadas sobre las cuerdas de metal. Las esperanzas fueron fuerza, sin embargo ahora pesan sobre mi espalda, las ajenas, las propias, mi cabello se ha ido, las manos llenas de vigor están muy lejos de poder sostener algo que no sean penas, pues es la vida del adulto que anda sin detenerse.

La garganta no me da para seguir tarareando y distraer el adormecimiento en mis brazos por el temblor del manubrio, son demasiadas horas, es demasiado tiempo pero no quiero parar, mi cuerpo sucumbe ante el calor, mi mente ante mi vida, daría lo poco que me queda por estar acostado una vez más en esa cama enorme con todos a mi lado, viendo cómo causaba felicidad mi risa, sintiendo cómo no debía correr pues el tiempo de la mano me llevaba. Poco queda dentro de un cuerpo cansado, valioso pero poco. No veo el momento de abandonar esta carretera desierta, el vehículo está exhausto, parece que mis manos y pies han quedado sellados con las botas y guantes, siento que las ruedas son mías, siento miedo.

El sol amaina, la libertad comienza a vislumbrarse, los labios se han cerrado, los ojos secos, el sudor ha desaparecido por completo al mismo tiempo que la piel se cuartea, hay frío y muchos recuerdos, el alcohol se vació, las cuerdas han destrozado el brazo y el tali apenas es capas de sujetar a mi compañera del hombro.

De pronto, noche. No hay más motor ni cuerpo, no hay recuerdos sino vivencias, no hay tiempo ni vigor, lo logré, he ido tan rápido y lejos como pude, todos y todo se quedaron atrás, aquí soy libre, no tengo conmigo esperanzas o futuro, no tengo tampoco un ápice de compromiso con nada o nadie, soy yo como quiero ser, no rindo cuentas más que a mí mismo… de haberlo sabido antes jamás habría tomado senda tan tortuosa… de haberlo sabido antes hubiera sido fiel a lo que creo, hubiera dicho mucho no, poco sí, hubiese sido menos selectivo con mis amigos, pues por elegir “a mi forma” termine con lo peor… nada cuenta, nada hay, sólo yo, libre en la oscuridad para renacer con el alba.

Serch